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lunes, 11 de febrero de 2013

Argentina: la "inflación intermedia" como la que padecemos los argentinos hoy, ese 30 por ciento anual no es una "meseta" sino apenas el "promedio aritmético" de nuestras convulsiones.

Radiografía de la decadencia económica

por Mariano Grondona

La Argentina padece dos males, uno económico y el otro político. Empecemos por el mal económico. El mal económico argentino no es la persistencia de la inflación, sino la resignación ante la persistencia de la inflación, una actitud que envuelve tanto al Gobierno como a vastos sectores de nuestra sociedad y en la cual sólo nos acompaña Venezuela en América latina. Los demás países latinoamericanos padecen una inflación anual de un dígito y ésta es la prueba de que combaten en serio la inflación. Cuando un país combate en serio la inflación, padece una inflación anual de un dígito. Cuando no la combate, cuando se deja llevar por ella, puede caer en hiperinflación. Cuando la combate a medias, sufre una inflación que oscila alrededor del treinta por ciento anual. Éste es, hoy y aquí, el caso argentino.

La estación intermedia entre la inflación de un dígito y la hiperinflación no consiste, por cierto, en una meseta plana, sino que admite convulsivas variaciones que van desde la búsqueda obsesiva de la estabilidad de precios hasta la alarma ante la proximidad inminente de la hiperinflación, sin que estos dos extremos terminen de instalarse, el primero porque la convicción antiinflacionaria cede al fin ante el hábito inflacionario y el segundo porque la alarma ante la hiperinflación genera la aparición de un presunto salvador al estilo de Alsogaray o de Cavallo, aunque no por suficiente tiempo. Un país de inflación intermedia se caracteriza por la sucesión de breves períodos convulsivos de mayor o menor inflación, sin que consiga instalarse en ninguno de ellos. Cuando hablamos de una "inflación intermedia" como la que padecemos los argentinos hoy, pues, ese 30 por ciento anual que nos define no es, como decíamos, una "meseta", sino apenas el "promedio aritmético" de nuestras convulsiones.

De más está decir que la inflación intermedia que nos caracteriza impide el desarrollo económico, que es un proceso de largo plazo, de "décadas" antes que de "años". El "viento de cola" de los altos precios internacionales que sopla en favor de nuestra producción agropecuaria, sobre todo de la soja, desde hace más de una década, por supuesto que ayuda, pero, dado que la cifra clave, que es nuestra alarmante proporción de pobres, no cede, mal podríamos decir que estamos avanzando.
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