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miércoles, 11 de enero de 2017

Robespierre creía que sería ideal fabricar un hombre espontáneamente virtuoso, que no tuviera necesidad de plantearse preguntas


Rémi Brague pide «dejar de hablar de valores para volver a hablar de virtudes o de mandamientos»


ReL


"Cada vez que la sociedad ha expulsado lo divino, lo hemos visto volver con la forma de dioses poco simpáticos: todos pedían un sacrificio humano". Con esta advertencia, el profesor Rémi Brague, filósofo francés ganador del Premio Ratzinger 2012, sintetizó lo que considera ser el origen de la derrota del proyecto moderno. Fue en un reciente congreso en Londres sobre La crisis de la libertad en Occidente promovido por el Instituto Acton para el estudio de la religión y de la libertad junto a la Universidad Saint Mary de Londres y el Centro Benedicto XVI para religión y sociedad.

Partiendo de sus numerosas publicaciones, entre las cuales el reciente volumen El reino del hombre. Génesis y fracaso del proyecto moderno (Encuentro), Brague se detuvo sobre los fundamentos del humanismo que prefiguran un cambio radical en la percepción que el hombre tiene de sí mismo y de su relación con la naturaleza y el cosmos, tal como lo explica en esta entrevista concedida a Solène Tadié para L'Osservatore Romano y recogida por Tempi:

-Su obra cuestiona el concepto mismo de valor, objeto de abuso en un momento en el que casi todos invocan los valores para defender todo y lo contrario de todo. ¿Sería una expresión de lo que G.K. Chesterton llamaba "las virtudes cristianas enloquecidas"?

-El concepto de valor es mi enemigo preferido. Lo que hoy se expresa en términos de valores, en el pasado se encontraba en las dos fuentes de la civilización occidental, la pagana y la cristiana, pero expresado con otros términos. Los paganos hablaban de virtud, mientras que los judíos y los cristianos hablaban de mandamientos. Pero el contenido es exactamente el mismo. Se podría volver a escribir el Decálogo como una lista de virtudes. "No matarás" se convertiría, así, en la virtud de la justicia. "No cometerás adulterio" sería la virtud de la templanza. Y, viceversa, se podría también volver a escribir la Ética a Nicómaco de Aristóteles según un contexto judío o cristiano.

»Al fin y al cabo, es lo que se ha hecho a lo largo de la historia. Los grandes moralistas cristianos de la época patrística y de la Edad Media retomaron sin dudarlo conceptos morales presentes en Cicerón y Séneca, e incluso copiaron pasajes enteros. Pienso, por ejemplo, en el tratado de Roger Bacon, el moralista franciscano del siglo XIII, lleno de pasajes de Séneca transcritos palabras por palabra. De estas virtudes y mandamientos hemos pasado a hablar de valores. Cuando se habla de valor se presupone que ha habido de antemano una valoración. Esto implica que, en un determinado momento, alguien -no se sabe exactamente quién- ha decidido dar valor a algo, decir que esa cosa costará tanto, lo que en parte es un concepto de origen económico. Se trata de lo que se da para obtener algo. El concepto de valor tiene el gran inconveniente de suponer que la realidad, en sí misma, no vale nada y que somos nosotros los que le atribuimos un valor. Observemos en campo económico el modo con el que John Locke explica que el valor de las cosas, de los productos, deriva del trabajo humano. Lo que la naturaleza nos da no tiene casi ningún valor. Es el trabajo humano lo que le da un valor.


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