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jueves, 5 de marzo de 2015

Caso práctico - Casada con un divorciado, tardó 41 años en poder ir a comulgar...


Casada con un divorciado, tardó 41 años en poder ir a comulgar... una experiencia mística la sostuvo


Fuente: Il Est Vivant/ReL




Acudir con brazos cruzados a ser bendecida la ayudaba

Annie es una mujer que cuenta en primera persona su camino de fe y confianza en Dios casada por lo civil con un hombre que ante Dios y la Iglesia tenía otra esposa. Lo cuenta en la revista francesa de evangelización Il est vivant, de la Comunidad del Emmanuel (http://es.emmanuel.info), una de las mayores comunidades carismáticas católicas en Europa, especialmente en Francia. 

Traducimos su narración en primera persona para los lectores de ReL.

***
«Casada con un divorciado, me pude casar con él por la Iglesia 41 años después»

Bautizada y confirmada, durante mi adolescencia atravesé un periodo un poco místico, pero solitario, separada de la Iglesia.

Era una adolescente un poco deprimida: los estudios y un grave accidente en mi familia fueron la razón.

Las cosas se fueron estabilizando y con 25 años me casé por lo civil con Gérard, padre de un niño de dos años, divorciado de un primer matrimonio (mixto: bautizado - no bautizado), que la Iglesia había aceptado. Mi marido no practicaba desde hacía años, pero decía que era creyente.

Bautizamos a nuestras dos hijas y como iban a catequesis, retomé el contacto con la Iglesia, sobre todo a través de los catequistas, que removieron mi fe.

Unos años más tarde, con motivo de un nuevo trabajo, conocí a Anne. Nos hicimos amigas rápidamente y la fe de Anne, que ella vivía en la Comunidad de Emmanuel, me interpelaba.

Iba a menudo a la Iglesia de la Trinidad para la misa de mediodía y a veces a la adoración. Encontré un lugar de fe que me impulsaba. Un día participé en un grupo de oración que se reunía para el mundo del trabajo. Yo era muy sensible a este tema y el padre C., que lo guiaba, era muy convincente. Empecé a participar asiduamente.

Mi fe aumentaba suavemente.

Un día, con mucha delicadeza, el padre me explicó qué exigía la vida en la verdad de Cristo y que vista mi situación conyugal (matrimonio civil con un divorciado casado en primeras nupcias por la Iglesia), yo no podía recibir los sacramentos de la reconciliación y la comunión si no podía comprometerme a vivir en castidad.

Acepté esto sin problemas, pues esta verdad me pareció evidente, sin sospechar la dificultad que conllevaría vivir esta ascesis en el tiempo.

Un día, en un momento de oración en mi casa delante de mi icono habitual, el Cristo Pantocrátor, un calor invadió mi corazón, un raudal de amor me sumergió con un poder inimaginable. Mi pequeño corazón se dilató, no podía contener esta fuerza amorosa. Ante esta inmensidad sobrenatural de amor que me superaba estallé en lágrimas. No sabría decir cuanto tiempo duró. Estaba conmocionada.

¡Mi conversión ese día dio un salto sagrado hacia adelante! Cuando conté el hecho al padre C., él gritó «¡Aleluya!» y dio gracias al Señor.

Contrariamente a un buen número de personas que viven este desierto, yo no me he sentido jamás excluida de la Iglesia, sino que me he sentido más bien como un elemento que concurre a su construcción.

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Leer más aquí: www.religionenlibertad.com


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