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martes, 31 de enero de 2012

Nota del Consejo Pontificio Justicia y Paz y Conferencia de prensa para la presentación de la Nota

  • POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PERSPECTIVA DE UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL - Nota del Consejo Pontificio Justicia y Paz - CIUDAD DEL VATICANO, martes 25 octubre 2011 (ZENIT.org).- 




  • Conferencia de prensa para la presentación de la Nota: "Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal" (24 de octubre de 2011)

Justicia y Paz: Una buena idea ¿una oportunidad perdida? | Pierre de Lauzun 11-11-2011

Justicia y Paz: Una buena idea ¿una oportunidad perdida?
11 de noviembre 2011   | Pierre de Lauzun (*)


Después de los excelentes artículos de Thierry Boutet y Jean-Yves Naudet, vuelvo sobre el texto  del Consejo pontifical “Justicia y Paz" de finales de octubre de 2011 ("Para una reforma del sistema financiero y monetario internacional desde la perspectiva de una autoridad pública con jurisdicción universal") [1], especialmente respecto de los términos en que se plantean las propuestas concretas.

El mensaje se ha puesto justamente bajo el signo de la búsqueda de principios y “valores culturales y morales". Esta parte moral e ideológica está tratada de una manera clásica: el Papa se  ha manifestado con frecuencia al respecto. El Consejo subraya acertadamente las fallas de las ideologías predominantes y de las prácticas irresponsables. Sobre estos puntos bien conocidos e indiscutibles hay poco que añadir al respecto.

El Consejo recuerda paralelamente la necesidad de buscar las "causas y las soluciones de naturaleza política, económica y técnica". Pero se extiende bastante poco en este análisis, refiriéndose principalmente a la expansión del crédito bancario, a su deterioro, y a las burbujas especulativas. Sin embargo, se observa la ausencia de un análisis sobre el papel y las responsabilidades de los Estados (excepto en lo que respecta a la desregulación), de los bancos centrales (responsables empero del control de la creación de dinero), o de los déficit públicos, que están sin embargo en el centro de la crisis de la zona euro. Del mismo modo, no se analiza el funcionamiento de los mercados. De la debilidad de estas bases, resulta como un salto lógico el paso a las propuestas.

Estas propuestas se dividen en dos: una autoridad mundial y tres propuestas prácticas. En cuanto a la autoridad mundial, el Consejo se apoya en el texto de la Caritas in veritate pero parece que le agrega más detalles, siempre permaneciendo en la descripción de un ideal. Me parece por otra parte, más insistente en una especie de sensación de urgencia e incluso de una necesidad divina imperiosa. Concluye con la necesidad de sobrepasar el nivel de los estados-nación y de todo el orden internacional que rige sus relaciones. Según el documento, existen “entonces” las condiciones para sobrepasar  un orden "westfaliano", que sin duda reconoce la exigencia de la cooperación, pero no mediante la integración de las soberanías o de una transferencia parcial de ellas que sería necesaria en su opinión para el bien común [ 2] . Se trata de un deber para todos, para el bien común de la humanidad y simplemente para el futuro  [3] . El Consejo califica incluso a esto como un "llamamiento específico del Espíritu Santo", importante para el Reino de Dios [4] . En un mundo en vías de rápida globalización, la referencia a una autoridad mundial se convierte, dice, en  "el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestros tiempos y las necesidades de la especie humana". Si leemos bien, esto quiere decir que hay urgencia en crear una soberanía supranacional. Estamos entonces mucho más allá de la necesidad inmediata, indiscutible, pero difícil de lograr operativamente, del fortalecimiento de las organizaciones existentes de vigilancia mundial de los mercados (OICV) y  de los bancos (Comité de Basilea), que son organizaciones de concertación.

Tal objetivo va mucho más allá de los textos anteriores, pero sobre todo está totalmente desalineado con respecto a las realidades prudenciales de este mundo. Evidentemente que se puede diseñar el perfil de un ideal semejante a largo plazo; pero hoy se da el caso que no solo estamos muy lejos de la realización práctica, sino de definir cuáles serían las condiciones del éxito. Afirmar, por ejemplo, que la autoridad mundial "debe" respetar a todos los pueblos, a todas las culturas y todas las opciones no es suficiente para asegurarse que lo haga. Aquí es preocupante la referencia a la ONU. Esta organización, ciertamente útil por otra parte para el diálogo, no es ciertamente un modelo para la toma de decisiones. Correlativamente, no es suficiente hablar en abstracto de subsidiariedad para suministrar un modelo inclusive general de lo que esto podría significar a nivel mundial. En particular, no se menciona la cuestión del sustento de la legitimidad política de esta Autoridad, y su relación con la legitimidad democrática, apareciendo así una democracia global como algo un poco utópico y muy poco subsidiario.

Pasa lo mismo con un proyecto como el de un "Banco central mundial", tanto más curioso aún que se deja de lado al FMI, que es lo que más se le parece en la actualidad. ¿Cómo definir un banco central sin hablar de lo que creemos que debería ser la moneda? ¿Cómo proponer un banco a nivel mundial mientras que la zona del euro se revela hoy extremadamente difícil de calibrar, no necesariamente estable o incluso compatible con las instituciones democráticas (que son nacionales)?

Quedan las tres medidas. En este punto, dice el Consejo que es necesario "recuperar" la primacía de lo espiritual y de lo ético, y con ello la primacía de la política, responsable del bien común, la economía y las finanzas: se trata de llevarlos a moverse dentro de los límites de su verdadera vocación y de sus responsabilidades al servicio de la persona, más allá de cualquier economicismo raso y de un mercantilismo sólo orientado a los resultados [5] . Sobre la base en una aproximación de este tipo el Consejo solicita que se reflexione, "por ejemplo", en tres medidas. Un impuesto [6] a las transacciones financieras, a los fines del desarrollo global y de la solidaridad con las economías afectadas por la crisis; una recapitalización [7] de los bancos con los fondos públicos, este apoyo estaría condicionado a la adopción de un comportamiento "virtuoso" y al desarrollo de la economía real; y la definición del marco de la actividad del crédito comercial y de la banca de inversión, lo que, se  dice, permitiría a una disciplina más eficaz de los mercado en las sombras que están sin control ni límites [8] .

Estas medidas se ponen bajo la órbita de un análisis moral, pero no se explica su base moral y a fortiori la técnica. Ahora bien, no está claro en que entran bajo el campo de la moral la recapitalización de la banca o la separación de las actividades financieras. Son –por otra parte-  medidas disputadas cuyas ventajas e inconvenientes no son evidentes. La recapitalización general de los bancos ya se ha decidido (Basilea III y decisiones del G 20 sobre los bancos) a un nivel elevado de exigencias y que va a frenar a los bancos en su negocio más clásico y menos discutido. Si hay una necesidad más allá de esto, esta es local y específica para tal o cual banco en particular (en el caso de  Europa). Si esto ocurre, es lógico que el Estado requiera un comportamiento "virtuoso”. Pero también es cierto que los ejemplos anteriores de interferencia de los Estados en la gestión de los bancos no son ni un éxito, ni un modelo de virtud.

En cuanto a la definición (entendemos la separación) del marco de la actividad de los bancos, esta no ayudaría para nada al control de los mercados paralelos como dice el texto: estos requieren reglas específicas. La principal ventaja de una separación es colocar aparte la banca minorista, sea con el motivo (falso por otra parte) que ella sería menos riesgosa que la banca de inversión, o sea porque  se considera más normal “salvarla” en caso de una crisis (y esto se puede defender). Pero la prioridad no está allí: está en la consideración de estas actividades en sí mismas, en ambos casos, y de sus ganancias y riesgos, de lo que se deduce la necesidad de una regulación adaptada. La separación permite a cada una seguir con sus prácticas actuales: pero el Consejo no las considera lo suficientemente éticas.

Se notará además que la cuestión del mismo funcionamiento de los mercados financieros ni siquiera se evoca en el documento, y allí está sin embargo el centro de la crisis (la transparencia, la orientación a corto plazo, auto-centrado, especulación, etc.). Paradójicamente los textos papales van más lejos, quedando al mismo tiempo estos en lineamientos bastante generales. Sin embargo, ahí está la cuestión central: ¿como el texto (con razón) no cuestiona a los propios mercados, y sin embargo los critica en el plano ético? ¿cómo sanearlos, como moralizarlos? No dice nada al respecto.

Por su parte, en su principio, la tercera idea, la tributación, implica una valoración moral: es normal que las finanzas contribuyan por su parte a la financiación de actividades comunes. Pero esta constatación de sentido común no dice si debe ser un impuesto a las transacciones o de un impuesto a la actividad, o aún otro. Pero un impuesto sobre las transacciones como el que se recomienda es muy difícil de percibir y debe imperativamente ser mundial o como mínimo internacional, si no es así, la base imponible se escapa (las operaciones); además no es económicamente neutral ya que ataca cada operación (sin eliminar la doble tributación como el IVA): esto puede ser bueno (si es que desea eliminar las operaciones consideradas como “malas”), o malo ( si se hacen más caras o se eliminan operaciones útiles), pero un impuesto no permite distinguir unas de otras. Sería mejor actuar directamente mediante la regulación de las operaciones en cuestión. Y si queremos aplicar el impuesto a la actividad financiera, en lugar de a las transacciones, más vale tomar como objetivo a los beneficios se juzga anormales.

Se anotará como conclusión un punto importante. Aun en el supuesto, en contra de nuestras observaciones, que estas tres acciones fueran justificadas y aplicadas, no vemos en que iba a cambiar de manera significativa la finanza internacional y más aún los valores que la animan. El objetivo declarado no es entonces alcanzado, probablemente porque se ha  limitado a retomar ideas se difundieron sin examinar su coherencia con el objetivo de la Iglesia, que es algo diferente y pone en el centro una idea de bien común que no es tan compartida. Un análisis más riguroso y más preciso de la situación habría permitido hacer algo sensiblemente mejor, y lograr una verdadera contribución.


[1] Citamos a continuación el texto de la nota (sitio web del Vaticano). La traducción parece hecha del italiano, sin duda el texto original. (N del T - Documento en español: http://www.zenit.org/article-40757?l=spanish, Conferencia de prensa de presentación en italiano: http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/index_sp.htm)


[2] Por lo tanto, están dadas las condiciones para ir mas allá de un orden internacional "westfaliano", donde los estados sienten la necesidad de cooperación, pero sin aprovechar la oportunidad para integrar las respectivas soberanías para el bien común de los pueblos. Les toca a las generaciones actuales reconocer y aceptar en conciencia esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Por supuesto, esta transformación se llevará a cabo al costo de la transferencia, progresiva y equilibrada de parte de las atribuciones nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, lo cual se revela como necesario en un momento en que el dinamismo de la sociedad humana y de la economía, así como el progreso de la tecnología, trascienden las fronteras que están ya -de hecho- erosionadas en un mundo globalizado.

[3] El diseño de una nueva sociedad y la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universal son una prerrogativa y un deber para todos, sin ninguna distinción. Es el bien común y el futuro de la humanidad que están en juego

[4] En este contexto, todo cristiano está llamado especialmente por el Espíritu para comprometerse con decisión y generosidad para que los numerosos dinamismos en marcha se orienten hacia perspectivas de fraternidad y bien común. Inmensos campos de actividad se abren para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona.


[5] En un proceso como este, es necesario recuperar la primacía de lo espiritual y lo ético, y al mismo tiempo, de la política - responsable del bien común – sobre la economía y las finanzas. Estas deben llevarse a los límites de su vocación y su función reales –comprendiendo aquí la función social, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén verdaderamente al servicio de la persona, es decir, capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trasciendendo todas las formas de estancamiento económico y de mercantilismo eficientista.

[6] Sobre las medidas de imposición a las transacciones financieras, con la aplicación de tasas justas de imposición, con cargos proporcionales a la complejidad de las operaciones, especialmente las realizadas en el mercado "secundario". Tal impuesto sería muy útil para promover el desarrollo sostenible a nivel mundial según los principios de justicia social y solidaridad, y podría contribuir a la formación de una reserva global destinada a apoyar las economías de los países afectados por la crisis, así como la restauración de sus sistemas monetario y financiero.

[7] Sobre las formas de recapitalización de los bancos también con fondos públicos, poniendo como condición a ese apoyo, un comportamiento virtuoso que tenga como fin el desarrollo de la economía real.


[8] Sobre la definición del ámbito de actividad del crédito corriente y de la Banca de Inversión. Esta distinción permitiría instaurar una mayor disciplina efectiva de los "mercados paralelos" privados de todo control y de todo límite.


* Pierre de Lauzun - Ancien élève de l’école Polytechnique et de l’École nationale d’administration, directeur général adjoint de la Fédération bancaire française (FBF) et délégué général de l'Association française des entreprises d'investissement. (Traducido por Pablo López Herrera)


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La reforma del sistema monetario internacional según Justicia y Paz: un texto que debe invitar a la reflexión | Jean-Yves Naudet 05-11-2011

La reforma del sistema monetario internacional según Justicia y Paz: un texto que debe invitar a la reflexión

05 de noviembre 2011 | Jean-Yves Naudet *


A la lectura de los comentarios de diversos medios sobre el texto publicado el lunes 24 de octubre de 2011 por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, bajo el título "Para la reforma del sistema monetario internacional desde la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal", es claro que este documento no hace la unanimidad, ya sea entre los especialistas o profesionales de estas cuestiones, ni para los católicos en general. Como tales, estas diversas reacciones no son un mal y es normal que un texto de un cuerpo de la Iglesia Romana no haga la unanimidad: ¿no hace falta que los cristianos hablen a tiempo y a destiempo? Pasado el momento de emoción, olvidadas las reacciones exageradas tan pronto como se formularon, ¿no ha llegado el tiempo, en particular para un economista católico, para examinar el texto calmamente y con sangre fría, sin a priori, y con el respeto debido a las instituciones de la Iglesia? Libertad política nos ha invitado a ello desde la semana pasada, con el texto de Thierry Boutet, que con un enfoque muy respetuoso, pero sin ocultar las dificultades que podría plantear el texto, invitaba a prolongar el debate iniciado por el documento.

Elementos doctrinales y elementos prudenciales

Debe quedar claro desde el principio que este texto no es ni una encíclica papal, ni un texto publicado por una "oficina oscura" de la Santa Sede, como lo han sugerido algunos comentaristas anglosajones. En la jerarquía de los textos de la Iglesia, fuera de las pocas declaraciones en relación con el dogma estricto (como la Inmaculada Concepción y la Asunción), las encíclicas emitidas por los papas tienen una fuerte dimensión doctrinal. Pero incluso ellas pueden abordar cuestiones de prudencia respecto a los hechos "de la historia reciente", para los cuales, como señaló Juan Pablo II, "no se entiende expresar juicios definitivos desarrollando esas consideraciones, ya que, en ellas mismas, no entran en el marco propio del magisterio," contrariamente a los "principios que pertenecen al patrimonio doctrinal de la Iglesia que, como tales, comprometen la autoridad de su magisterio"(Centesimus annus § 3) .

Esta distinción se aplica incluso con más fuerza al texto publicado por el Pontificio Consejo, que aborda con amplitud e incluso en propuestas concretas, el "terreno prudencial", en el cual es necesaria la iluminación de las ciencias sociales y que no compromete una dimensión doctrinal, para decirlo claramente, de las propuestas que están abiertas a debate. En este sentido, aquellos que ven en él un cambio doctrinal o una ruptura con las enseñanzas de Juan Pablo II, o incluso de Benedicto XVI, se equivocan en el análisis. Por otra parte, la parte del texto que se refiere a los principios morales que sostienen la acción económica, no son tema de debate, tanto más que las encíclicas de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI se citan con frecuencia. Sobre este lado moral, incluso de recordatorios doctrinales, no hay ningún nuevo aporte, que no sería el papel de un Consejo Pontificio, sino del magisterio al más alto nivel. Por el contrario, hay recordatorios que son bienvenidos, sin duda conocidos por los especialistas, pero que era apropiado en la actual situación económica y financiera, recordarlos a los creyentes y a los hombres de buena voluntad.

Los recordatorios se refieren a la dignidad de cada persona y a la importancia del bien común. Sobre este último punto es probablemente la frase más citada en el texto, y uno no puede sino complacerse en ver el bien común así puesto en el centro del debate, sobre todo cuando se constata la evolución actual de la política, tanto en Francia como en el plano internacional; y en vísperas de una elección presidencial, los franceses deberían ser particularmente sensibles. Pero nuestros contemporáneos no saben en general lo que es el bien común, que es a menudo erróneamente equiparado a una especie de interés general, o incluso como objetivo final y global general a ser alcanzado. Sin duda sería conveniente, en textos como éste, entregados a través de los medios de comunicación al gran público, recordar lo que es el bien común, definido por Juan XXIII como "el conjunto de las condiciones sociales que permitan a la persona llegar mejor y más fácilmente a alcanzar su potencial. " Recordar que el propósito del bien común es el desarrollo de la persona hubiera evitado algunas interpretaciones, transformando las sugerencias del Consejo Pontificio en una especie de estatismo extendido a todo el planeta. El énfasis en el bien común debe aclarar el texto, si se tiene en cuenta esta definición tan clara de Juan XXIII (Mater et Magistra § 65).

La importancia de la ética

Además, el Consejo cumple plenamente en su papel de "posta" de la palabra del magisterio cuando subraya, más allá de los aspectos técnicos de la crisis, el papel del "debilitamiento de naturaleza ética producido en todos los niveles." La dimensión moral de la crisis que estamos viviendo en la economía como en la política, sobre la que la "Fondation de Service politique" y la "’Association des économistes catholiques (AEC)" tendrán la oportunidad de volver en un próximo coloquio, debe con razón, colocarse en primer plano. Si las "autoridades morales", comenzando por la Iglesia católica no lo hacen, ¿quién lo hará? Cuando el texto del Consejo hizo hincapié en "la excesiva cantidad de dinero" que provoca las burbujas o la crisis financiera, no solo puso el acento en el análisis económico, sino también y sobre todo en la dimensión moral: la pretensión de los Estados y también de algunos agentes económicos, de vivir más allá de sus medios, de consumir más de lo que ganan, de distribuir y gastar lo que no existe y lo que no corresponde a ninguna riqueza real; lo mismo que el querer concentrar todo enfermizamente en el corto plazo, en seguida y a cualquier condición, muestra que la tendencia es sobre todo moral.

Es indiscutiblemente allí que, en primer lugar, se espera una palabra de la Iglesia, transmitida a todos los niveles. Se trata de recordar que la economía no puede funcionar sin ética. La distinción que hacía Juan Pablo II entre el capitalismo bueno y el malo pasa por la aceptación o no de esa necesaria dimensión ética. Allí donde la Iglesia es insustituible es cuando recuerda, como lo hizo el Papa Benedicto XVI en Caritas in veritate que la ética es principalmente el reconocimiento de "la dignidad inviolable de la persona humana" y "el valor trascendente de las normas morales naturales" (Caritas in veritate § 45). Estas son las palabras que nuestros contemporáneos ignoran y ese es el mensaje que la Iglesia debe recordar a tiempo y a destiempo a las personas involucradas en la política y en la economía. Pero subrayar esta dimensión ética es mostrar que más allá de las necesarias reformas técnicas, es el comportamiento en su aspecto moral el que debe ser cambiado, y esto requiere la conversión de cada uno de nosotros y la toma de conciencia de nuestras responsabilidades personales. Benedicto XVI tuvo la oportunidad de señalar que incluso con el mejor modelo económico del mundo, no sería posible construir una sociedad justa si no hay hombres justos. Esto es lo que la Madre Teresa respondió a un periodista que le preguntó qué había que cambiar en la Iglesia: "Tú y yo". Lo primero que debe cambiar en la actual situación económica es "Tú y yo". Sería lamentable que la discusión legítima de las propuestas concretas de Justicia y la Paz esconda el corazón del mensaje de la Iglesia en estas áreas, que no se refiere a la técnica económica, sino a las consecuencias morales del mensaje cristiano. Es un llamado a la responsabilidad individual, porque, si hay estructuras de pecado, son el resultado de la acumulación de pecados personales.

Contribución a los responsables

Por otra parte, Juan Pablo II había dejado claro que "La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer". "Ella no propone los sistemas o programas económicos y políticos" (Sollicitudo rei socialis § 41). Fiel al mensaje de Cristo, no confunde a Dios y al César y no se toma a sí misma por el César, ni quiere ocupar su lugar. Uno puede entonces preguntarse ¿por qué el Consejo Pontificio formula propuestas tan precisas? Es probable que no se haya prestado suficiente atención al preámbulo: "El presente documento quiere ser una contribución ofrecida a los responsables". La crisis "es una oportunidad para el discernimiento" y "ella misma aporta la capacidad de elaborar nuevos proyectos." Pasamos entonces a otra dimensión. Pasamos al terreno de lo prudencial, o inclusive a lo técnico. La presencia de un profesor de economía junto al cardenal Turkson y de Monseñor Toso en la presentación del texto muestra que se pasa en lo que sigue del texto a brindar pistas para la reflexión, propuestas ofrecidas para el debate, y en consecuencia a la discusión legítima, incluyendo por supuesto a los creyentes. Va de suyo que sugerir la aplicación de la famosa tasa Tobin, para citar sólo un ejemplo, no compromete la fe. ¡No se está "fuera de la Iglesia" si se critica la tasa Tobin!

¿Por qué este texto ha sido entonces tan fuertemente discutido y criticado por muchos? Por supuesto debido a las propuestas específicas sobre las que volveremos brevemente. Pero también por otras dos razones. El texto no muestra claramente el vínculo entre los principios éticos reafirmados y las propuestas concretas. ¿En que un banco central mundial, o el impuesto Tobin u otros aspectos muy precisos, tales como la separación entre las diferentes actividades bancarias (especialización) o su recapitalización son más éticas que otras propuestas? Hay una especie de eslabón perdido entre los principios morales y las propuestas técnicas de política económica: se pasa de unos a otras sin ninguna justificación verdadera. ¿Por qué estas medidas y no otras?

¿Qué explicación de la crisis?

El otro eslabón que falta es la explicación efectiva de la crisis actual que estamos viviendo. Porque sin análisis económico riguroso, las propuestas pierden su pertinencia. Ciertamente que la dimensión monetaria se acentúa, pero detrás de los bancos, que se señala con el dedo, está la acción de los bancos centrales, públicos, sin los cuales la inundación monetaria, los préstamos irresponsables y las burbujas especulativas no hubieran sido posibles. Para analizar la crisis y los remedios posibles, no sólo tenemos que ver los síntomas, tales como los que acabamos de citar, sino las principales responsabilidades de los bancos centrales estatales. Del mismo modo, la crisis de las deudas soberanas ha dado lugar a movimientos peligrosos para nuestras economías, como el riesgo de quiebra de los estados, o los movimientos al alza de las tasas de interés para los países demasiado endeudados, lo que promovió movimientos especulativos. Sin embargo, estos existen sólo porque los Estados han sido irresponsables al permitir déficit presupuestarios irresponsables que ningún agente privado hubiera podido permitirse, en la creencia de que el Estado no quebraría nunca. Mentiras con los déficits y con las deudas, irresponsabilidad de financiar los “gastos operativos” con dinero que no se posee, inmoralidad de “cargar” nuestros gastos actuales para las generaciones de nuestros hijos y nietos: el desorden de las finanzas públicas nos ha llevado hasta el borde del desastre, y la crisis no ha terminado aún.

El origen de la crisis radica en el desorden monetario y fiscal, y en consecuencia  financiero, causado por los estados y los bancos centrales. El texto denuncia los desvíos que se sucedieron en la práctica: los préstamos irresponsables, las burbujas de activos, la inmoralidad de todo tipo. Todo ello es cierto. Pero son solamente los síntomas. La raíz está en los desórdenes monetarios y fiscales, que de alguna manera han permitido y alentado los otros desvíos, permitiendo así manifestarse a las malas inclinaciones humanas (los efectos del pecado original en la economía, según ha explicado el Papa Benedicto XVI). Podemos dudar que se trate de un "liberalismo económico sin reglas ni controles", ya que el Estado controla la creación de dinero y su propio presupuesto. Así como mediante su manejo de la carga fiscal, el control de los gastos y de la deuda pública, podemos dudar también de que estemos realmente en "una orientación de tipo liberal."

Es cierto que hubo muchos desarreglos en los comportamientos, pero debemos buscar las causas y los factores permisivos. "La ideología de la tecnocracia", es decir, el poder estatal dominado por la técnica, denunciado con razón en el texto, puede ser difícilmente analizado al mismo tiempo como si fuera el fruto de "la ideología liberal." Y nadie puede negar que los poderes de los Estados hayan seguido creciendo en detrimento del principio de subsidiariedad. Juan Pablo II también había criticado severamente "el estado asistencial" y su costado “desresponsabilizante” (Centesimus annus § 48). La cuestión del liberalismo es ciertamente compleja, especialmente cuando se mezcla el liberalismo filosófico, político y económico, pero es difícil sugerir que estaríamos en una especie de ultra-liberalismo, cuando el gasto público en un país como Francia alcanza el 55 % del PIB. El texto del Pontificio Consejo, centrándose más en los síntomas que en la raíz del mal, proporciona soluciones que circulan como lo hace la moda, pero que carecen de originalidad y no lograrán su propósito.

¿Cuáles son las propuestas?

La tasa Tobin está impugnada por todos los expertos y el propio Tobin ha emitido luego sus reservas negando su transformación por Attac y otros en un arma política contra el comercio mundial, al que el mismo era favorable. La recapitalización de los bancos es una cuestión puramente técnica; se puede cuestionar la moralidad que habría en hacerla, como sugiere el texto “también con capitales públicos”: ¿les toca a los contribuyentes pagar las malas las operaciones o la gestión de los banqueros? ¿Qué significa un sistema en el que las pérdidas son socializadas? El beneficio tiene sentido en caso de buena gestión, si existen también las pérdidas cuando hay una mala gestión. No hay derechos sin deberes, dice la Iglesia. Bueno, no hay posibilidad de ganancia sin riesgo de pérdida. Si se gana todo el tiempo y se compensa a los perdedores, el beneficio pierde su legitimidad. La separación entre la banca de crédito y la de inversión no existe en ninguna parte y es discutida por muchos expertos. En cuanto a la idea de un banco central mundial, dejó a la mayoría de los expertos soñando. La función de un banco central es primero emitir dinero, al menos si atribuimos a las palabras su sentido corriente. Pero ¿sugiere el Consejo una moneda mundial? Cuando se ven las dificultades en administrar una moneda como el euro con 17 estados, sin embargo ubicados en el mismo continente, y bastante próximos con todo en su nivel de vida, ¡no podemos imaginar una moneda global que vaya desde Zimbabwe hasta los Estados Unidos! La experiencia del euro debería incitar por lo menos a una gran prudencia en esta área. ¿Cómo imaginar una moneda única en situaciones tan diversas y con niveles de desarrollo tan diferentes? Y si no se trata de esto, entonces ¿qué quiere decir el Consejo al hablar de banco central mundial?

Una autoridad pública con la jurisdicción universal

Al fin, el hilo del texto: la cuestión de una autoridad política mundial. Los que parecen descubrir esta idea como si hubiera sido inventada por Justicia y la Paz, ignoran ya estaba en Juan XXIII y que había sido tomada por Benedicto XVI en la Caritas in veritate. No existe aquí entonces nada nuevo. Pero Benedicto XVI hizo mucho hincapié en la relación entre esa autoridad y el bien común, en la regulación de esta autoridad por el derecho y en el papel de la subsidiariedad para evitar toda deriva centralizadora. Y en Caritas in veritate, se entiende bien que la ONU no es el modelo ideal, puesto que el Papa habla de la urgencia de su reforma.

En el texto del Pontificio Consejo, las cosas son menos evidentes. Ciertamente se insiste en la complejidad del problema, de los tiempos, etc. Pero se trata bien de transferir las atribuciones nacionales a esa autoridad. Y la desconfianza hacia la ONU parece menor (cuando se sabe que muchos países en la ONU consideran cambiar la Declaración Universal de los Derechos Humanos para crear un supuesto derecho al aborto: la Iglesia nunca será lo suficientemente desconfiada respecto de los de los organismos que se arrogan el derecho de modificar la lista de los derechos fundamentales). La ONU no puede ser en ningún caso un modelo. Pero sobre todo hay en el texto un desliz en el vocabulario, aún más sensible en ocasión de la presentación del texto, cuando se habla de un "gobierno mundial", término que nunca fue utilizado en una encíclica.

La autoridad es una cosa, un gobierno es otra. Allí también la experiencia europea debería incitar a la prudencia. Por otra parte, si se vuelve a la finalidad principal del texto, la reforma del sistema financiero y monetario internacional, en la medida en que los trastornos de este sistema provienen en primer lugar de los estados, a través del presupuesto o de la creación de dinero, dudamos que centralizar esos poderes en un gobierno mundial vaya a producir mejores resultados. ¿Cómo no podrían repetirse los errores cometidos por las autoridades políticas nacionales, con efectos aún más perversos, en un gobierno mundial? ¿Y qué significa un gobierno de la economía? Cuando vemos una vez más las dificultades de la gobernabilidad europea, es legítimo preguntarse qué es lo que daría un gobierno mundial. El Consejo habla del espíritu de Pentecostés, pero las instituciones internacionales y la ONU son más bien Babel.

Este texto debe ser tomado como lo que es: junto a llamadas de atención doctrinales, contiene análisis y propuestas prudenciales, presentadas de forma explícita como una contribución al debate. Es entonces antes que nada un tema de discusión. Su publicación rápida, en plena crisis, no le dan la distancia necesaria, y se aventura en propuestas insuficientemente fundadas, cuestionables y ciertamente no muy originales. Al abordar muy de cerca las cuestiones técnicas, el papel pierde la parte profética que se encuentra en las grandes encíclicas sociales. El vínculo entre el Evangelio y la dignidad inviolable de la persona está claro. Es mucho menos claro cuando se habla de la tasa Tobin o de la recapitalización de los bancos, y deja imaginar a los que no están familiarizados con la Iglesia que esta pretende sustituir a los responsables del bien común. El propósito del documento de Justicia y paz por lo tanto, debe ser para abrir el debate, en el que los laicos deben ocupar su lugar, utilizar sus habilidades técnicas y hacer propuestas, como el Concilio Vaticano II lo ha explicado, en la fidelidad a los principios doctrinales definidos por el Magisterio. Su mérito es animar a todos a pensar en este terreno complejo, que queda en el orden de lo prudencial por su naturaleza, y en el que, por lo tanto, cada uno conserva su libertad de juicio.


*Jean-Yves Naudet
Profesor de la Universidad Paul Cézanne (Aix-Marseille III)
Presidente de la Association des économistes catholiques (AEC)
Vicepresidente de la Asociación Internacional para la enseñanza social cristiana
Miembro de la Academia Católica de Francia
(Traducción de Pablo López Herrera)

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Controversia en el Vaticano (continuación) por Thierry Boutet - 18-11-2011

Controversia en el Vaticano (continuación)

por Thierry Boutet - 18 de noviembre 2011


El documento "Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional desde la perspectiva de una autoridad pública con jurisdicción universal " que el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz publicó el mes pasado sigue haciendo olas. Hicimos aquí nuestros comentarios iniciales. Y Naudet Jean Yves y Pierre de Lauzun lo han presentado y discutido.

No es habitual que un texto de un Dicasterio romano, incluso uno no aprobado por el Papa, tome parte en los aspectos técnicos de los debates, especialmente en el terreno político, económico y social. Cuando el magisterio trata asuntos que dependen de la prudencia del Gobierno, la evaluación es siempre ética.

El respeto a la autonomía de las decisiones temporales es absoluto en todos los documentos del Magisterio. Su enseñanza está orientada a iluminar las conciencias y no a tomar partido en la gestión de los asuntos humanos. Decidir si se aplica un impuesto a las transacciones financieras y sobre la forma de hacerlo (Tasa Tobin) no entra dentro de su jurisdicción. Sin embargo, continúa recordando que no son los imperativos de los mercados financieros los que deben dictar sus leyes a los políticos. Para la Iglesia, las finanzas no son el fin último de la economía y deben estar al servicio del hombre. El discurso de la iglesia se concentra en los fines y en los medios de cumplimiento de estos fines. Si el Magisterio comenta tal o cual decisión económica o política, si da su opinión sobre el funcionamiento de una institución en particular, será siempre en relación con su finalidad ética y espiritual.

El documento del Pontificio Consejo cruzó la línea amarilla, e inevitablemente se generó la discusión entre expertos y críticos. En la prensa, las reacciones fueron variadas. Al presentar el documento a la prensa el 24 de octubre, la intervención no prevista inicialmente del profesor Leonardo Becchetti, profesor de economía en la Universidad de Roma Tor Vergata y especialista en microcrédito y en comercio justo y equitativo, considerado el principal redactor del documento, atrajo muchas críticas.

En particular, el profesor Becchetti evocó, a continuación del texto que fue de su inspiración, la necesidad de un gobierno mundial. Una toma de posición que supera con creces las directrices de la reciente encíclica de Benedicto XVI Caritas in Veritate sobre la gobernabilidad mundial, para no decir que fue contradictoria con la encíclica. Se habla de la necesidad de la "gobernabilidad" y del respeto al principio de subsidiariedad sin proponer modelos, y no de "gobierno".

El análisis económico sobre las causas de la crisis y sus consecuencias estaba sujeto a debate. Muchas personas se sorprendieron de que un documento de esa autoridad tome posiciones tan "divisorias" en un tema tan contingente.

Estas reacciones que incluyen las de los economistas cercanos a la Iglesia o asociaciones como la nuestra, han creado un gran revuelo en Roma. Una fuente bien informada habla incluso de "terremoto en el Vaticano."

Sandro Magister, el vaticanista, reveló que el 4 de noviembre, el cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado y número dos del Vaticano, convocó a una reunión para discutir el caso. El cardenal habría lamentado "no saber nada" del texto antes de su publicación. Según Sandro Magister, se decidió que a partir de esa reunión "cualquier nuevo texto del Vaticano deberá obtener el permiso del Cardenal antes de ser publicado."

Como señala el vaticanista Sandro Magister, el documento estaba en desacuerdo con los análisis publicados por "L'Osservatore Romano", incluyendo los de su comentarista económico, Ettore Gotti Tedeschi, presidente del Instituto para las Obras Religiosas [IOR], el banco del Vaticano.

Éste publica por otra parte en el organo de Prensa oficial del Vaticano publicado el 4 de noviembre una aclaración muy crítica. Lamenta que el documento haga un análisis parcial de las causas de la crisis y lamenta el hecho de que el factor demográfico haya sido ignorado. Esto es lo que el profesor Ettore Gotti Tedeschi, escribe acerca de la crisis: "han sido mal interpretados sus verdaderos orígenes, que fueron la disminución de la natalidad y sus  consecuencias los que llevaron a aumentar los impuestos sobre el PIB para cubrir los costos del envejecimiento de la población. Y han sido subestimados los efectos de las decisiones tomadas para compensar estos fenómenos, especialmente la deslocalización de la producción y el consumo basado en el endeudamiento. Luego, la urgencia de la intervención y los criterios para desinflar el endeudamiento no fueron debidamente tomados en consideración. No se previó entonces la fuerte pérdida de confianza que llevó a un redimensionamiento de los valores bursátiles y a la crisis del endeudamiento."

Del lado de las soluciones, a diferencia del documento del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, evoca distintos escenarios. Y concluye con una "puesta a punto" de la controvertida cuestión del gobierno mundial. Para él, "los gobiernos deben volver a recuperar la confianza de los individuos y de los mercados mediante la adopción de una "gobernabilidad" que se corresponda con la situación y que, al mismo tiempo que logre un ajuste técnico, sea también un modelo de liderazgo. Es decir, una herramienta para lograr ese objetivo que es el bien común." Un punto de vista muy diferente del que se reivindica en el documento.

Una aclaración coherente con nuestros propios análisis y que vamos a seguir como nos anima a hacerlo la Iglesia.

 * Traducción de Pablo López Herrera

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Nota del Consejo Pontificio Justicia y Paz - Thierry Boutet - 27-10-2011


El Consejo Pontificio Justicia y Paz ha hecho público, en una conferencia de prensa el lunes 24 de octubre, un documento que ha titulado: “Para una reforma del sistema financiero y monetario internacional desde la perspectiva de una autoridad pública con jurisdicción universal”. Participaron en la presentación su Presidente el cardenal Turkson, Mons. Mario Toso y el profesor Leonardo Becchetti, profesor de Economía Política en la Universidad de Tor Vergata en Roma.

Tendremos la oportunidad de volver sobre este documento, tanto por las cuestiones que plantea como por la autoridad de la que emana. Con el Observatorio Cardenal Van Thuan sobre la Doctrina Social de la Iglesia (Verona), el Centro de pensamiento social católico de la Universidad de San Pablo de Arequipa (Perú), la Fundación Pablo VI (Madrid), hemos publicado para Francia (Liberté Politique N º 20 y 51) los dos primeros informes anuales sobre la doctrina social de la Iglesia en el Mundo. Este trabajo, con el prefacio de Monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la nueva evangelización, fue presentado y comentado en el sitio Libertepolitique.com por Monseñor Crepaldi, ex presidente del Observatorio Van Thuan y secretario del Consejo Pontificio Justicia y Paz.

Es la razón por la que damos gran importancia a los trabajos del Consejo Pontificio Justicia y Paz. Esta comisión fundada por Pablo VI en 1988 se convirtió en uno de los doce consejos de la Curia Romana. El párrafo 1 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus, que lo creó el 28 de junio 1988, establece en su apartado 1, que el consejo profundiza la doctrina social de la Iglesia, haciendo que ésta sea ampliamente difundida y puesta en práctica por individuos y comunidades, especialmente en lo que se refiere a las relaciones entre trabajadores y empleadores, relaciones que deben estar cada vez más impregnadas por el espíritu del Evangelio. 

En un registro más técnico que estrictamente doctrinal, la nota que se acaba de publicar abre pistas para la investigación, toma posición en debates legítimamente controvertidos, y concita a la discusión. Para ello, y para avanzar en el pensamiento como nos invita a hacer el Consejo, damos a continuación una breve presentación y exponemos las primeras cuestiones y los primeros comentarios de expertos de la Fundación a los que hemos consultado. Tratándose de reacciones en caliente, asumimos como propias sus respuestas, pero  mantenemos voluntariamente el anonimato de los autores que están interesados en volver más adelante sobre el contenido de esta nota aquí mismo. Esperamos así aportar nuestra contribución a la investigación que lleva adelante el Consejo Pontificio Justicia y Paz.

La nota, de un poco más de diez páginas, no sólo se contenta con analizar la situación. No se queda en recordar los grandes principios ni siquiera las orientaciones generales. Propone soluciones técnicas y políticas más prudenciales que magistrales y toma parte en debates, como el del “impuesto Tobin”, en el que las opiniones de los expertos se oponen entre sí.

En el prefacio, sus autores citan el espíritu de la Populorum Progressio y mencionan la reunión del G-20 de 2009, lo cual es bastante inusual en un texto del Magisterio; finalmente, inscriben sus propuestas para la reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal en la línea de la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI. 

Esas son las principales fuentes, a las que podemos añadir la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio, la encíclica Pacem in Terris de Juan XXIII y uno o dos textos mas como la Carta apostólica Octogesima adveniens de Pablo VI o la encíclica Centesimus annus de Juan Pablo II.

La idolatría del mercado

Dicho lo anterior, el texto sitúa su reflexión en una perspectiva global, mundialista, -dirían algunos- y comienza con una observación que no es nueva: se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y las responsabilidades morales, en las diversas etapas de desarrollo de la crisis (No. 1).

Y más lejos añade: no puede ser despreciada o subestimada la importancia de los factores éticos y culturales. En efecto, la crisis ha puesto de manifiesto actitudes de egoísmo, de avaricia colectiva y de acumulación de bienes en gran escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como un lobo para el hombre, de acuerdo con el concepto puesto en evidencia por Hobbes.

Este recordatorio de las causas éticas de la crisis, al que no se puede sino suscribir, precede a un análisis somero de los mecanismos de la misma.

El documento apunta a una orientación de estilo liberal - reticente respecto de la intervención gubernamental en los mercados- que, según dijo, la hizo optar por la quiebra de una importante institución internacional, pensando así poder limitar la crisis y sus efectos. Lo que dio lugar, por desgracia, a la propagación de la desconfianza, que a su vez indujo a cambios repentinos de actitud, exigiendo intervenciones públicas de formas diversas y de amplio alcance (más del 20% del producto nacional) para amortiguar los efectos negativos que hubieran cargado con la totalidad del sistema financiero internacional. 

El culpable sería entonces la ideología del mercado: y antes que nada, de un liberalismo económico sin reglas ni controles. Se trata entonces de una ideología, de una forma de apriorismo económico que pretende extraer de la teoría las leyes de funcionamiento del mercado y las llamadas leyes del desarrollo capitalista, exacerbando algunos aspectos. Una ideología económica que fija a priori las leyes de funcionamiento del mercado y del desarrollo económico sin confrontarlas con la realidad, corre el riesgo de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los países que actualmente tienen una posición ventajosa en el ámbito económico y financiero. (N º 1)

La crítica del liberalismo en su sentido filosófico (y no de la economía de mercado), no es nueva en los textos del Magisterio; sin embargo, atribuir las causas de la crisis a demasiado respeto por los mecanismos de mercado es una posición discutible, incluso si emana de una autoridad de ese nivel. Muchos economistas y expertos, incluyendo a católicos, ven la crisis -por el contrario- como consecuencia de la violación de las reglas del mercado por parte de las autoridades, las que lejos de dejarlo actuar o de regularlo en el sentido liberal del término, lo han perturbado con fines más políticos que económicos.

Sin embargo, el Consejo Pontificio Justicia y Paz advierte contra el riesgo de una idolatría del mercado que ignore la existencia de bienes que por su naturaleza no son ni pueden ser simples mercancías (No. 2), y pretende fomentar una  ética de la solidaridad, regulando el mercado. Toda la cuestión se trata de cómo hacerlo.

Un Banco Mundial

La solución preferida por la nota del Consejo Pontificio Justicia y Paz estaría en una  autoridad política mundial, (3) de la que reconoce las dificultades y los obstáculos que deben superarse para que pueda ver la luz del sol. No deja de dibujar los contornos y el método. Citamos en su totalidad este pasaje, que es el corazón del mensaje:
Se trata de un proceso complejo y delicado. Tal autoridad supranacional debe estar estructurada de manera realista y ser puesta en marcha gradualmente; tiene como objetivo promover la existencia sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por orden jurídico apropiado, funcional al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, inspirándose en los valores de la caridad y la verdad.

Se trata de una autoridad en una dimensión mundial, que no se puede imponer por la fuerza, sino que debe ser la expresión de un acuerdo libre y compartido -además de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial-, y no ser el resultado de la coacción o de la violencia. Debería resultar de un proceso de progresiva maduración de las conciencias y de las libertades, así como de la conciencia de responsabilidades cada vez mayores. Como resultado, la confianza mutua, la autonomía y la participación no deben descuidarse como si fueran elementos superfluos. El consentimiento debe involucrar a un número creciente de países que se adhieran con convicción, a través de un diálogo sincero que no margine, sino que ponga de relieve a las minorías.

La Autoridad Mundial debería involucrar a todos los pueblos de una manera consistente, en una colaboración al seno de la cual son llamados a contribuir, con el patrimonio de sus virtudes y sus civilizaciones.

La constitución de una autoridad política mundial debería ser precedida de una fase preliminar de concertación, de la que surgirá una institución legitimada, capaz de ofrecer una guía eficaz, y también permitir a cada país expresar y perseguir su propio bien.

El ejercicio de tal autoridad colocada al servicio del bien de todos y de cada uno deberá ser obligatoriamente super partes, es decir, por encima de todos los puntos de vista parciales y de cada bien individual, con vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deben ser el resultado de la omnipotencia de los países más desarrollados sobre los países más débiles. Ellas deberán, por el contrario, ser asumidas en el interés de todos y no sólo para el beneficio de ciertos grupos, sean  estos  formados por los grupos de presión privados, o de gobiernos nacionales.

Por otra parte, una institución supranacional, expresión de una comunidad de naciones, no podrá existir por mucho tiempo si, en el plano de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, de las condiciones históricas y geográficas, las diversidades de los diferentes países que no van a ser reconocidas o plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una permanente comunión moral de la comunidad mundial, debilitaría la eficacia de la correspondiente Autoridad.

Lo que es cierto a nivel nacional, lo es también a nivel global. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la autoridad, perteneciendo a esta última la tarea de ponerse al servicio de aquella, de un modo coherente con el preeminente valor de la dignidad humana. Asimismo, los gobiernos no deben servir a la autoridad global sin condiciones. Es más bien ésta la que debe ponerse al servicio de los países miembros, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, creando, entre otras cosas, las condiciones socio-económicas, políticas y jurídicas necesarias para la existencia de mercados eficientes y eficaces, porque estos, sobreprotegidos por políticas paternalistas, y debilitados por los déficit sistemáticos de las finanzas públicas y por los productos nacionales, de hecho impiden a los mercados mismos operar en un contexto mundial en tanto que instituciones abiertas y competitivas. (3)

Se trata de un proyecto grandioso, ambicioso, casi utópico, cuyo desarrollo está claramente lejos si nos atenemos a las condiciones previas a las que se refiere la nota. En el trayecto para constituir una Autoridad política mundial, es imposible separar los asuntos de la gobernanza (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal, sin una Autoridad super partes) con las de un gobierno compartido (es decir, un sistema que, además de la coordinación horizontal instaura una autoridad super partes) funcional y proporcional al desarrollo progresivo de una sociedad política mundial. La constitución de una autoridad política mundial no puede lograrse si no se empieza por el multilateralismo, no sólo en el plano diplomático, sino también y sobre todo en el marco de programas para el desarrollo sostenible y para la paz.

No se puede lograr el establecimiento de un gobierno mundial, sino es dando una expresión política a las interdependencias y las cooperaciones existentes.

Se trata pues, incluso en el respeto del principio de subsidiariedad -cuya mención es aquí más bien teórica- de una marcha hacia un gobierno mundial que debe aplicarse primero a la reforma del sistema financiero y monetario mundial.

Vemos, en el fondo, dibujarse en perspectiva la exigencia de un organismo que asegure las funciones de una especie de Banco Central Mundial que regule el flujo y el sistema de intercambio monetario, al modo en que lo hacen los bancos centrales nacionales. (N º 4).

En última instancia, este banco central mundial estaría encargado de moralizar la financiación a través de medidas tales como:

·         La imposición de las transacciones financieras.
·         La recapitalización de los bancos con fondos públicos, poniendo al desarrollo de la economía real como condición y como finalidad de este apoyo.
·         La separación de la actividad bancaria clásica de los mercados financieros.

El texto del Consejo no muestra otras medidas, y podemos pensar que estas se dan a título de ejemplo.

Por último, la nota concluye en un estilo bastante hegeliano evocando la superación de los Estados. El orden internacional descrito como westfaliano debería superar ese estado de la naturaleza que los ve luchando entre ellos para orientarse hacia un nuevo estado de derecho de nivel supra nacional, según la lógica de los contractualistas del siglo XVIII, en la que manifiestamente se inspira la nota (p11).

Una construcción para operar en el espíritu de Pentecostés y no en el de Babel, recuerda el último párrafo.

PREGUNTAS Y CAMINOS PARA LA INVESTIGACIÓN

Aquí es entonces donde aprieta el zapato y donde se plantean cuestiones tanto políticas como económicas.

Como el trigo y la cizaña, el espíritu de Babel convive, de hecho, en este mundo con el espíritu de Pentecostés; y a veces uno parece operando de un modo más evidente que el otro, pero ¿quién asegurará a los ciudadanos de ese mundo -en que nos habremos convertido- que la autoridad mundial así creada tendrá más virtudes que la FED o el FMI, o inclusive la ONU, en las que se percibe con tanta facilidad el espíritu de Babel?

¿Es posible denunciar a la vez a las tecno estructuras, a la falta de políticas, a la falta de democracia y esperar que el mundo será mejor gobernado por una autoridad central que disponga de grandes organismos universales y de funcionarios designados por otras jurisdicciones separadas de sus territorios, con gran opacidad democrática, para hacer cumplir en todo el planeta las medidas acordadas por otros delegados? ¿Por qué esas agencias no se convertirían en enormes nomenklaturas o incluso en una especie de KGB a escala mundial?

Durante doscientos años -y a pesar o a causa de los avances de la democracia- el poder de los estados no ha dejado de crecer, como ya lo describía Bertrand de Jouvenel hace más de medio siglo, mientras que el principio de subsidiariedad no ha dejado de ser pisoteado. ¿Cómo es posible imaginar una autoridad pública universal, suponiendo que tenga virtudes, que no vaya a tener los mismos defectos, en mayor tamaño aún, que los de nuestros estados nacionales, para no hablar de las instituciones internacionales actuales?

Desde este punto de vista de la nota del Consejo Pontificio Justicia y Paz, tiene el mérito de reabrir el debate político sobre la gobernanza mundial.

Un experto próximo a la AFSP con quién nos pusimos en contacto, no dudó en escribir que “en la nota, el intento de conciliar la autoridad supranacional con el principio de subsidiariedad es una muestra de elevadas piruetas intelectuales”, pero agrega además no estar muy convencido con el resultado. “Me parece que la debilidad del argumento demuestra que no pasa la prueba de la debida consideración y respeto por este principio decisivo”. 

De hecho, comenta otro, “es embarazoso para el primer organismo de difusión de la Doctrina Social de la Iglesia, que destaque el hecho que encontrar una solución a la crisis actual en una “mutualización” cada vez mayor de los problemas empujará a una fuga hacia adelante, porque a menudo el tamaño del problema aumenta más que proporcionalmente los tiempos en los el que el nivel superior de decisión -suponiendo que este mismo fuera pertinente- podría estar funcionando”.

Para uno de los expertos de la AFSP cuya opinión pidió el site Liberté Politique,  la nota haría necesario luego de los juicios morales, un análisis detallado de la realidad de los mercados y de las actividades que hubieran podido dar lugar a estas directrices. Como lo subraya incluso uno de ellos: “dotar a esta autoridad mundial de un Banco Central Mundial debería llamar a un debate sobre la gobernanza y también sobre el tipo de dinero que emitiría y regularía (función de un banco central). Pero la nota no lo menciona y proponer como modelo la ONU para construir un organismo regulador financiero, confirma que estamos en el terreno de los sueños”. Otro escribió,  “la idea de un banco central mundial, me parece incomprensible. Ya podemos ver hoy lo que pasa entre 17 con el BCE y el euro”.

En cuanto a las medidas concretas económicas propuestas por la nota: impuesto a las transacciones, la capitalización bancaria y la separación de las actividades bancarias, para todos nuestros expertos se trata de medidas técnicas cuya la selección e implementación bajo una forma u otra no se corresponde con las preocupaciones éticas de la nota ni forman parte de la enseñanza del Magisterio.

Incluso más que por sus aspectos políticos, el texto del Consejo Pontificio, aborda de hecho temas muy prácticos y prudenciales, con el riesgo de ser criticado en un terreno que ya no es más el suyo.

Así, uno de los economistas que sigue nuestros trabajos, me comenta: “la capitalización de los bancos ya está tratada por Basilea 3. La separación de las actividades solo se propone en esta etapa en el Reino Unido y plantea muchas preguntas, siendo que su efecto más directo sería el dominio total de los mercados por los bancos de EE.UU (que ya no aplican más este principio). Lo mismo se aplica al impuesto (por otra parte más comprensible en el contexto): es técnicamente mucho más difícil de desarrollar y poner en práctica que lo que dicen”. Escribe: “no es suficiente recordar las encíclicas de los últimos Papas para encontrar soluciones ya elaboradas como el impuesto Tobin...”

¿Deberíamos entonces olvidar el texto según lo sugerido por un último corresponsal y revestirlo con el manto de Noé?

Ciertamente, no es un texto del Magisterio en el sentido estricto. Hay que recordar que lo que la Iglesia llama su doctrina social, sólo contiene los documentos del Supremo Magisterio, es decir, las encíclicas y documentos revestidos explícitamente de una autoridad particular. Estrictamente hablando, incluso documentos como los discursos radiográficos de Pío XII que materialmente abordan las cuestiones de la doctrina social, no forman formalmente parte de este corpus.

El texto del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz que nos presenta en estos días debe ser recibido con la debida atención, como un aporte interesante de un dicasterio romano. Abre un debate tanto sobre la naturaleza de las intervenciones de la Iglesia, de las lecturas que se pueden hacer de las últimas encíclicas sociales, y también sobre la pertinencia o las limitaciones de las soluciones propuestas. Hay que alegrarse por ello. Y tendremos la oportunidad de volver sobre el tema.

* Traducción de Pablo López Herrera

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