Encandilados por la retórica
por Aleardo F. Laría
por Aleardo F. Laría
Cuando Daniel Bell escribió "El fin de las ideologías" (1960) recibió el ataque furibundo de la izquierda anticapitalista, que consideraba entonces su texto un alegato conservador. En realidad lo que Bell demandaba era el fin de las retóricas de la revolución. Anticipándose al fracaso del comunismo, señalaba que pocas personas confiaban ya en que por medio de una ingeniería social se pudiera poner en marcha una nueva utopía de armonía social. Sobre todo le preocupaban los ideólogos, aquellos "simplificadores terribles", que podían desorganizar la economía con sus experimentos. Una advertencia que parece haber caído en saco roto para algunos significativos funcionarios aquí, en Argentina.
Los excesos retóricos han sido una de las señas de identidad de los movimientos socialistas revolucionarios del siglo XX, pero también del populismo latinoamericano. La retórica ha cumplido varias funciones útiles que han sido convenientemente explotadas por los movimientos que proclamaban la necesidad de acelerar los cambios sociales. En primer lugar, es un elemento movilizador de multitudes, dado que la palabra sigue siendo el arma principal de la política. Los discursos políticos dirigidos a emocionar al auditorio han buscado, a través de la presentación dramática de los acontecimientos, la adhesión incondicional de los convocados.
En otras ocasiones, el uso de la retórica ha servido para desviar la atención sobre cuestiones más urticantes. Cuando los gobiernos han tropezado con resistencias políticas a sus decisiones o han fracasado en las tareas de gestionar la economía, han acudido al proceloso agitar de banderas como modo de distracción y elusión de las cuestiones verdaderamente importantes.
El problema que genera este uso exacerbado de la retórica es que termina por envolver con sus vapores a los propios autores, que acaban también convencidos de que los problemas están situados en los lugares equivocados.
Los excesos retóricos han sido una de las señas de identidad de los movimientos socialistas revolucionarios del siglo XX, pero también del populismo latinoamericano. La retórica ha cumplido varias funciones útiles que han sido convenientemente explotadas por los movimientos que proclamaban la necesidad de acelerar los cambios sociales. En primer lugar, es un elemento movilizador de multitudes, dado que la palabra sigue siendo el arma principal de la política. Los discursos políticos dirigidos a emocionar al auditorio han buscado, a través de la presentación dramática de los acontecimientos, la adhesión incondicional de los convocados.
En otras ocasiones, el uso de la retórica ha servido para desviar la atención sobre cuestiones más urticantes. Cuando los gobiernos han tropezado con resistencias políticas a sus decisiones o han fracasado en las tareas de gestionar la economía, han acudido al proceloso agitar de banderas como modo de distracción y elusión de las cuestiones verdaderamente importantes.
El problema que genera este uso exacerbado de la retórica es que termina por envolver con sus vapores a los propios autores, que acaban también convencidos de que los problemas están situados en los lugares equivocados.
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